Hay obras que por su tema causan mucha sensación en el público lector, y pocas veces hay quienes se detengan a analizar a fondo su contenido. Tal es el caso de “Caín”, la última novela del fenecido premio Nobel de literatura José Saramago.Creo que la “lucha” del escritor portugués contra la figura de Dios o lo que éste representa para la gran mayoría de la humanidad, se convirtió en una especie de leitmotiv en sus últimas obras publicadas, o al menos en dos de ellas: “El Evangelio según Jesucristo” y “Caín”, ésta última publicada en 2009.
Para mí, en lo personal, hay algo en el estilo de Saramago que me gusta, y es su genialidad a la hora de entrelazar al narrador y a los personajes, llevando las historias hasta un punto en que es difícil decir cuál es uno y cuál es otro. Pero esa genialidad o cualquier otra, se puede ver frustrada cuando se pierde el enfoque de un escritor al decidir hacia dónde quiere guiar una obra.
Y es que en el caso de “Caín”, la historia se ve risiblemente forzada a ir por donde el autor quiere que vaya. No les da ninguna clase de autonomía y respiro a los personajes. En otras palabras, no les da vida propia. Es lo que un buen amigo mío llamaría personajes “acartonados”. Esto me hace pensar que el autor, tal vez —me reservo el derecho de la duda— al momento de escribir o decidirse a escribir la citada obra, no pensó en una novela, sino más bien en un “misil” contra Dios y contra aquellos que de un modo u otro creen en Él. Tal vez un proyectil inspirado en la controversia que causó la publicación de “El Evangelio según Jesucristo”, en 1991.
No sé cómo llamaríamos a los “errores” que desde el punto de vista histórico-teológico se cometen. Ah, ya sé, le llamaremos “ficción”. Pero creo que eso no es lo que piensan las iglesias cuando se fomenta la desmoralización de un Dios que para la mayoría es real.
Si se va a disparar un misil a partir de verdades (bíblicas) que ya han sido aceptadas como tales, gracias a la ciencia (antropología), entonces que se mantenga ese marco referencial hasta el final. Si Saramago decidió utilizar la Biblia como punto de partida o fundamento de su novela, debió atenerse a lo que ésta realmente dice, sin agregarle ideas que no están en su contenido tan sólo para poder llegar a sus propias conclusiones filosóficas. Ideas que se quedan en el subconsciente colectivo e individual.
Hay todo un mundo de interpretaciones de la Biblia. Democráticamente todos tenemos derecho a fundar un pensamiento a partir de interpretaciones subjetivas, que en muchos casos nada tiene que ver con la realidad, pues el libro de libros, como todo en la vida, tiene una causa y un efecto. No menos cierto es que en este gran libro hay cuestiones que no nos quedan del todo claras, entonces, ¿quién puede saber la verdadera interpretación que se le debe dar a estos textos?
Ejemplo de cosas que la Biblia no dice, y que Saramago sí, o al menos interpreta: la serpiente de la tentación solo existió en la mente (sueños) de Eva. Saramago afirma que en el Jardín del Edén no existían serpientes; la pregunta es cómo pudo Eva soñar con algo que no había visto, pues nunca habían salido del jardín. Otro ejemplo: los presuntos tratos carnales que tuvo Noé con sus hijos (varones). La interpretación que nos da el autor de “Caín” es que Cam, hijo de Noé, vio desnudo a su padre, y que esto no es más que una “manera elíptica, más o menos discreta” para llamar al trato carnal que Cam estaba manteniendo con su padre.
Podemos ver el libro de Saramago desde dos perspectivas: desde el punto de vista del arte, como novela, algo que se cuenta y que se juzga su calidad sin importar el fondo de la trama; y desde el punto de vista histórico-teológico y moral de la obra. Tal vez para muchos la moral de una obra no tenga relevancia pero cuando se habla de teología indiscutiblemente encontraremos la moral como un agente participante, lo mismo que la psicología o el pensamiento. Y gran parte de las obras maestras de la literatura universal han mantenido su vigencia gracias al fondo ético-moral que poseen.
Cuando hablamos de “Caín” como novela —ficción y nada más—, no podemos dejar a un lado la majestuosidad con que el autor maneja algunos elementos de la misma. Hay un buen manejo de narrador-personajes, como dije anteriormente, esa mezcla que ya no es novedad, ni en Saramago ni en ningún autor hoy día, ya que es una técnica bastante trillada por muchos de los autores del llamado Boom latinoamericano. Esta misma técnica la encontramos en “Ensayo sobre la ceguera”, obra ésta de un alto valor literario, y constituida la obra maestra del premio Nobel portugués. La invención de José Saramago, si se quiere señalar alguna, es el uso de la mayúscula para indicar el inicio y el cambio de voz en los diálogos.

Los saltos en el tiempo que hace el autor a través de su personaje principal —Caín—, son hasta cierto punto un riego que va más allá del orden cronológico de la obra, y es que una fantasía de semejante calaña, en una novela que empieza con la sobriedad de un tema tan delicado como lo es la religión —ese afán del hombre por adorar “algo” o “alguien” considerado superior— es a la vez que absurdo, un hecho que ni al mismísimo protagonista de la teleserie MacGyver se le hubiera ocurrido: viajar a través de los siglos montado en un asno. Y es que aún en su papel de novela de ficción, este hecho deja mucho qué desear sobre el poco apego bíblico y/o documental del autor de la obra.
“Caín” empieza con un epílogo citando el libro de “Hebreos”, específicamente el capítulo 11, versículo 4. Luego de hacer la cita, el autor llama a este libro del Nuevo Testamento el “Libro de los disparates”. Y es lo primero que veo mal, llamar disparate a un escrito que forma parte del libro más vendido y más traducido de la historia de la humanidad. Lo segundo que veo mal, empezar una obra citando “disparates”. Yo a lo mejor hubiese citado a Nietzsche u otro rebelde sin causa de los que conocemos a través de la historia.
Considero que la Biblia está llena de pasajes y libros en los que abundan las contradicciones y los misterios. Y eso es lo que lo hace, a mi vista, uno de los libros más fascinantes de todos los tiempos; lo mismo que la Biblia del Diablo, cuyo origen y autor son todo un emblema y un enigma que los historiadores durante años han tratado de resolver, y no han podido. Sólo existen teorías. Lo mismo sucede con la Biblia, escrita por decenas de autores, en épocas diferentes, y quizá en culturas diferentes.
Pero más allá de lo teológico, hay una serie de elementos que se salen del plano puramente histórico. Aunque no se debe culpar a Saramago de los pequeños y grandes gazapos que aparecen a lo largo de su novela, ya que con la edad algunas de las enseñanzas de la escuela primaria se van echando en el olvido o al menos se van creando lagunas.
Sólo esto puede explicar que a Saramago se le haya olvidado que los primeros hombres que poblaron la tierra —fueran o no Adán, Eva, y su linaje— llevaban un estilo de vida nómada, y no sedentario. Es decir, caminaban sin parar y vivían de lo que conseguían a su paso. No fundaban ciudades ni mucho menos (páginas 60-61). Como tampoco existía la esclavitud (páginas 60-61), ni los instrumentos hechos a base de hierro, como espadas y puñales (pág. 70).
Esto me lleva a pensar que es muy cierta la nota aclaratoria de la Biblia Latinoamericana acerca de que “la historia de Caín, igual que la del paraíso terrenal, no es un relato histórico, sino un cuento religioso que nos enseña, a modo de comparación, el fondo de la condición humana”. Es imposible que si Caín y Abel fueron realmente hijos de Adán y Eva, y por lo tanto, de los primeros habitantes del planeta Tierra, aquéllos hayan sido agricultor y pastor de ovejas, respectivamente, ya que esta práctica no había sido implementada como oficio, pues el hombre primitivo vivía nada más que de la recolección, la casa y la pesca.
Pero sí hay algo de lo que estoy enteramente convencido, y es que el problema de Saramago no es directamente con Dios, sino con la humanidad. En “Caín” el autor deja claramente de manifiesto que todos estamos en las manos de Dios; en las páginas 16 y 17 Saramago reconoce —de una manera irónica, tal vez— que su posición ante Dios sólo le perjudicará en las alegaciones del Juicio Final. Su texto es un grito desesperado ante la autodegradación de la humanidad, y reclama a Dios para que salga en auxilio de su creación.
Creo que Saramago era más creyente en Dios de lo que hacía ver, pues tanto hablar de algo que no existe, y usarlo como su musa, haciéndole reproches como a un amigo, como a un viejo camarada, sólo puede explicar que de un modo u otro el inolvidable premio Nobel era un tertuliano del Señor, al que llaman Yahveh.