julio 12, 2009

Diario de Ana Frank

«Que llegue el fin auque sea duro...».
He vivido una guerra. Me he inventado una máquina del tiempo y he recorrido uno de los capítulos más tristes de la historia de la humanidad: La Segunda Guerra Mundial. Todavía en mis oídos retumban el rumor de las explosiones o el vuelo de los aviones como bandadas de pájaros. He acompañado a la familia Frank en su agonía de la Casa de Atrás.

Más que nadie quien me ha llevado a hacer este viaje —que no sé si llamarlo penoso, desolador o dichoso— es la respondona y curiosa Ana Frank. Cuando la conocí supe que nos llevaríamos muy bien, ya que ella tiene mucho de mí, aunque yo nada de ella (solamente su diario).

Como sucede con muchos de libros que leo, éste me lo recomendó mi queridísimo y apreciado maestro José Carvajal. Había escuchado hablar de Ana Frank, pero nunca supe quién era en realidad. Para ser más sincero pensaba que Ana Frank era una adolescente que murió mártir defendiendo su virginidad, al estilo de Santa Inés.

Mas no, estaba totalmente equivocado. Ana Frank fue una niña judía alemana que vivió y dejó constancia de los días de la ocupación nazi durante la Segunda Guerra Mundial.

Al cumplir los trece años Ana recibe como regalo de su padre un diario en el que escribiría la vida de la familia Frank mientras permanecían en un escondrijo en Amsterdam, desde 1942 hasta 1944. De un modo estremecedor Ana nos cuenta sobre la barbarie nazi, sobre los sentimientos de las dos familias que convivían en el escondite y de la transición de niña a mujer que le tocó vivir durante ese tiempo.

Tuve sueños, visiones, alucinaciones, espantos, durante los días que estuve visitando a los Frank. Y lo que más me asediaba era saber el desdichado fin que le esperaba a nuestra pequeña escritora (¿no les dije que Ana quería ser escritora y periodista cuando acabara la guerra?) y a los demás que la acompañaron durante los días que estuvieron escondidos.

¿Cuál adolescente no sufre el mal de “nadie me entiende”? Todos hemos pasado por la difícil etapa en que todo adolece. Pero peor sería pasar este período en un encierro, sin estudiar, sin visitar a los amigos, sin fiestas ni nada que se le parezca. Y es aquí donde Ana se gana nuestra admiración: prepararse para la calma que adviene luego de la tormenta, escribir un diario que ella estaba segura iba a publicar.

Y aunque esa calma no fue vista por más de uno solo de los ocho escondidos de la Casa de Atrás —como le llamaba Ana al escondite—, el optimismo con que nuestra amiga escritora escribió su diario aún se percibe en sus páginas, a pesar del tiempo.

Confieso que sentí vergüenza de mí mismo por quejarme tanto de situaciones que creemos difíciles. Al contemplar la carita de Ana y de su amigo (¿novio?) Peter Van Daan asomarse por una buhardilla durante las noches para poder sentir y respirar el aire, el olor de la noche.

Aún hoy, a más de sesenta años de aquellos hechos, muchos todavía nos hacemos esas mismas preguntas, y pocos tenemos respuestas. De una cosa estoy seguro, de Ana Frank y de sus monologos se seguirá hablando, se seguirá aprendiendo y se seguirá cuestionando muchas cosas. Una de ellas es: ¿quién escribió el Diario?

Se ha llegado a especular que el Diario de Ana Frank no es más que una invención publicitaria. De ser así me atrevo a decir que pocos inventos editoriales nos han hecho sentir de una manera tan viva lo que nos ha transmitido este testimonio. Si alguien lo duda, que se busque un ejemplar, se monte en Máquina del Tiempo, y se lo pregunte a la misma Ana. A mí se me olvidó preguntárselo.

julio 05, 2009

¿Cuántas vacas tienes en tu cabeza?

Parece imposible cargar con una vaca en la cabeza, y mucho más imposible con varias. Pero por más descabellado que parezca existen personas cuyas cabezas han pasado a ser una especie de establo en el que alimentan y cuidan a un gran número de este animal.

No soy muy amigo de los libros de autoayuda, porque mi sentido de la espiritualidad me dice otra cosa. Pero no pude evitar la atracción que produjo en mí un libro de tapa muy colorida que vi entre los anaqueles de una librería Borders. Se trata de “La vaca” de Camilo Cruz —el libro le llama Dr. Camilo, pero esos títulos tampoco me gustan, así que le voy a llamar simplemente Camilo Cruz.

Y es que el motivado principal para que tomara este libro en mis manos fue la portada, porque me hizo recordar un cuento-poema que había en uno de mis libros de textos de la primaria —creo que en tercer grado— que se llamaba “La vaca estudiosa”. Y aunque esto no fue lo que encontré dentro, me gustó mucho su contenido.

Camilo Cruz llama “vaca” a todas las excusas y justificaciones que anteponemos al logro de nuestros objetivos o metas. Y aunque parezca un poco cruel, la única forma de deshacernos de estas terribles vacas, no es llevándolas a pacer a ricas dehesas y dejarlas allí abandonadas, sino degollándolas sin piedad.

Lo de “vaca” proviene de una leyenda en la que un maestro busca enseñar una lección a su alumno; lo lleva a la casa más pobre de un barrio marginado, cuya única fuente de subsistencia es una vaca. El maestro asesina la vaca ante los ojos atónitos del alumno.

Un año más tarde el maestro y su alumno vuelven al barrio, y en el lugar que estaba el tugurio se encontraba una hermosa casa. El jefe de familia dijo que todo se lo agradecían a la muerte de la vaca, ya que al ésta faltar la familia tuvo que ingeniárselas para sobrevivir y salir adelante.

Camilo Cruz enseña que una “vaca” es todo aquello que te lleva a un estado de conformidad-mediocridad que te hace pensar que estás bien, que hay otros en peores circunstancias, que por lo menos tienes esto o aquello. Todas esas son vacas que detienen a las personas y les impiden salir en busca de lo que realmente anhelan.

Y lo peor son las formas que adquieren las vacas: mentirillas blancas, refranes como ‘más vale poco que nada’, excusas, justificaciones, pretextos, evasivas. Si meditamos un poco, nos daremos cuenta que todo esto lo único que hace es alejarnos de ser lo que soñamos.

Un trabajo que no nos gusta, pero que nos devenga buenos ingresos, lo único que hace es alejarnos de lo que verdaderamente queremos y disfrutamos hacer. Y, como afirma el Camilo Cruz, la vida es muy corta como para pasársela haciendo algo que no nos gusta.

Desde que leí “La vaca” mi cabeza se ha convertido en un gran matadero, pues fueron muchas las vacas que me encontré en ella: quisiera leer más pero no tengo tiempo, quisiera escribir más pero tampoco tengo tiempo. Todas esas excusas son vacas que nos dejan varados a la orilla del gran río del éxito, y mientras no nos decidamos a matarlas, seguiremos atados a una vida promedio.

Escritor dominicano radicado en EE.UU. es galardonado con premio literario Giralda, España

West Palm Beach, FL.-  El escritor dominicano Rafael Felipe Rodríguez ha sido galardonado con el segundo premio del VIII Certamen Interna...

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