junio 22, 2010

García Márquez, sin punto y aparte

De todas las obras del Premio Nobel colombiano Gabriel García Márquez, “El otoño del patriarca” constituye la más sesuda, abrumadora y meditada. Si se quiere decir algo más, es la más asfixiante. Y cuando digo asfixiante no me refiero a la falta eminente de punto y aparte, sino a la mezcla de todos los elementos que la componen. Elementos de fondo y forma se entrecruzan de un modo magistral con sus personajes y con una serie de narradores que nadie sabe de dónde salen y, en ocasiones, ni quiénes son.

De los mil intentos que hice para leer la obra, me quedé con el intento número mil, y es que cuando me vine a dar cuenta ya llevaba demasiadas páginas hacia la izquierda como para dejar la lectura inconclusa. Y ése libro (que por su calidad literaria no debería ser así) es uno de esos tragos que solamente se prueban una vez en la vida.

Es de todos sabido que el tema de la política, en sus diversas tonalidades, no resulta del todo agradable para una gran parte del público lector, pues encierra varios de los elementos más viles que, muchas veces, nos ha tocado vivir en nuestros países, principalmente en América Latina que ha sido asediada y devastada por manos déspotas y pensamientos retrógrados a lo largo y ancho del continente, tanto en la historia como en la actualidad.

“El otoño del patriarca”, publicada en 1975, narra la vida de un dictador que el autor construye a partir de los características de varios dictadores hispanoamericanos, que van desde Rafael Trujillo Molina, pasando por Francois “Papa Doc” Duvalier y Anastasio Somoza, hasta el invencible Fidel Castro. Es una historia que se puede percibir como real, pues García Márquez ahonda en esas características propias de las dictaduras de Latinoamérica y el Caribe, en donde predomina la crueldad, la opresión y lo grotesco.

Pero el sello de realismo mágico, esa exageración irreverentemente garciamarquiana, no se hace extrañar en la novela. Son muy abundantes los delirios, la exaltación, la demencia y la degradación del ser humano, así como ese predominio de la mentira exacerbada, alimentada por el mismo patriarca, quien considera que “la mentira es más cómoda que la duda, más útil que el amor, más perdurable que la verdad”.

El patriarca vive en un mundo falaz que él mismo ha creado. Él es víctima o parte de ese ambiente de mentiras que crea en torno suyo, donde sólo se publican las noticias que él quiere recibir. Incluso cuando se habla de la muerte del patriarca, éste se mantiene renuente a creer que para sí mimo exista el fin.

Y es que esa extravagancia de los dictadores latinoamericanos que se refleja en “El otoño del patriarca” no dista mucho de la realidad. Hace pensar por ejemplo en los lemas y títulos que ostentaba el dictador dominicano Rafael Trujillo Molina: “Generalísimo”, “Trujillo y Dios”, “Benefactor de la Patria”, “Doctor y General”. Es de notar que el parecido más grande que hay entre el patriarca y el dictador dominicano es la atribución descarada de rasgos divinos que ambos se confieren a sí mismos.

Como en todas las dictaduras latinoamericanas y caribeñas, los Estados Unidos no se quedan fuera. García Márquez, de un modo que hasta resulta cómico, se refiere a la injerencia de este país a través del afán de la nación norteamericana por llevarse el mar. Hasta que los gringos “se llevaron el Caribe en abril”. Y es que el dictador de “El otoño del patriarca”, —tal como sucedió a Fidel Castro tras la Revolución Cubana—, fue patrocinado por los Estados Unidos para ocupar la presidencia luego de un golpe de Estado. Pero al final, los norteamericanos terminan dejando a la deriva al nuevo gobierno y a su presidente, dando paso al nacimiento de la dictadura.

Si bien “El otoño del patriarca” es, en términos generales, de difícil comprensión, no se debe dejar a un lado que es una obra maestra, digna de un gran maestro de la narrativa universal, como lo es Gabriel García Márquez. Ese hilo casi imperceptible que demarca el límite territorial de lo netamente real y del realismo mágico es uno de los grandes atributos de este autor y de la novela en cuestión, que si bien carece de puntos y aparte no es más que el reflejo de la naturaleza misma de la obra: hacer que el lector se mantenga sin apartarse siquiera un segundo de la trama.

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