Toda madre debiera llamarse maravilla. Asi escribió el ilustre José Martí. Acabo de leer esta frase, pero me doy cuenta que yo la he vivido toda mi vida. Mi madre vive en la República Domincana, pero aun en la distancia sus palabras hacen magia cuando su voz resuena a través de las ondas telefónicas.Hace dos años que vine a vivir a los Estados Unidos, y en ese tiempo que llevo separado de mi madre, he llegado a entender su forma de ser y su afán de saber “a dónde vas, con quién vas, a qué hora vuelves”.
Siempre he considerado el vínculo madre-hijo como uno de los grandes misterios del mundo. Yo crecí en una familia de escasos recursos, pero eso no impidió para que mi madre me diera una educación que no siendo la mejor, es muy buena. No me dio viajes, ni lujos ni ropas caras, pero me dio lápices, libros, cuadernos y un abrazo cuando las dificultades parecían arruinarlo todo.
Y fue inmerso en estas reflexiones como empecé a relacionar las palabras “libros” y “madre”, y descubrí en mi memoria a grandes autores que han convertido la maternidad en su musa o en su símbolo para representar momentos, situaciones o conflictos.
La poesía, la novela, el cuento, en casi todos los géneros literarios se ha abordado el tema de la madre, y muchas de estas obras que se han escrito hoy son consideradas como grandes piezas de la literatura universal.

Sin embargo, no todos los autores han caracterizado a las madres por su perfil maternal, sino que han tomado otros rasgos para reflejar su escencia real. Muchas veces estas mujeres son vistas en la literatura como parte de un mundo en el que se ven envueltas por situaciones comunes, pero que se hacen más relevantes por el solo hecho de ser mamá.
El caso de “Anna Karénina” del escritor ruso Lev Tolstoi, el personaje de Anna se ve envuelto en un dilema: renunciar a su pasión como mujer —pues está enamorada de un hombre que no es su marido— o renunciar a su hijo y a su consecuente amor de madre —pues su esposo amenaza con separarla de su hijo si llegara a abandonar el hogar—.
También dentro de la literatura rusa se encuentra uno de los más grandes clásicos de la literatura universal: “La madre”, de Máximo Gorki, uno de los grandes exponentes del realismo solcialista. En esta obra, Gorki utiliza el personaje de una madre campesina para reflejar el despertar del pueblo ruso a la realidad socialista y para atacar a las instituciones zaristas.
En la literatura latinoamericana, la madre ha sido evocada más en la poesía que en cualquier otro género. Poetas como Gabriela Mistral, Salomé Ureña de Henríquez, Miguel Hernández, Rafael Alberti, han dedicado su pluma a exaltar la imagen materna, adornándola con la estética y delicadeza de la poesía.
Aunque el abordaje del tema de la madre que se ha hecho en el mundo de las letras es innumerable, creo que no es suficiente, ya que mucho más incalculable es lo que un sentimiento puede inspirar, y tanto más en este caso. Así lo dijo Salomé Ureña:
“Mi voz escucha: la lira un día
un canto alzarte quiso feliz,
y en el idioma de la armonía
débil el numen ¡oh, madre mía!
no hallo un acento digno de ti”.






Catarsis crónica. Eso es lo que me ha provocado la post lectura de esta historia. Y digo “post” porque no así al final, durante toda la novela me la pasé muy entusiasmado y expectante con lo que sucedería al final. No que no me haya gustado su final, pero me dejó tan afectado de conmiseración que todavía me siento deambulando entre las dunas del Sáhara.