noviembre 08, 2009

El Viajero del Siglo

Un premio siempre es un premio. Y más cuando está dotado con dinero, prestigio, y un gran impulso profesional. En la literatura existen muchos galardones que por su alcance y popularidad son muy codiciados por cualquier escritor. Uno de esos galardones es el Premio Alfaguara de Novela.

La editorial Alfaguara entrega cada año su célebre premio a un escritor de la lengua castellana. El año de 2009 fue otorgado al escritor argentino Andrés Neuman por su novela “El viajero del siglo”, una obra de marcada tendencia europea que encierra misterio, romance y aventura.

“El viajero del siglo” se sitúa en un pueblo de Alemania —Wandernburgo— en los inicios de siglo XIX, pero con un estilo del siglo XX. Narra las peripecias de Hans, un traductor y eterno viajero, que llega a ese pueblo como a uno de tantos, y se instala en una pensión con la finalidad de pasar allí unos días. Pero esos días se alargan y termina quedándose por tiempo indefinido.

Hans empieza a interactuar con los lugareños, y tras ser invitado por el señor Gottlieb se convierte en integrante de una tertulia en casa de éste, en donde se enamora de Sophie Gottlieb, una señorita de rancio abolengo, que está comprometida para casarse. Entre tardes de té, viernes de tertulias, y un misterioso hombre nocturno que anda por las calles oscilante, violando mujeres, se le pasa el tiempo a “El viajero del siglo”, y nunca encuentra la puerta de salida para abandonar Wandernburgo.

Otro de los entrañables personajes de la trama es “el organillero”, un anciano que toca el organillo en la plaza principal y que vive en una cueva en las afueras del pueblo. Con este paupérrimo personaje, y junto a otros hombres, Hans conocerá el verdadero valor de la amistad, siendo uno de los momentos más intensos de la novela, la muerte del organillero.

En la novela de Neuman se revelan importantes temas que son controversias actuales, tal como la liberación femenina, el desempeño de los roles de género —masculino, femenino—, el multiculturalismo y la inmigración.

A pesar de la excelencia literaria que se pueda señalar en esta obra, no dejamos de encontrar cierta similitud con los clásicos europeos, principalmente con Anna Karenina, del escritor ruso Leo Tolstoi. Algunas de las semejanzas que hay son muy obvias: las tardes de té, con sus discusiones sobre política, filosofía y literatura; y los amores contrariados de los protagonistas de ambas novelas.


Otra de las limitantes de la novela es su extensión innecesaria. Al final la obra se torna monótona y repetitiva. Las discusiones, las descripciones, las citas amorosas clandestinas entre Hans y su amada —Sophie Gottlieb— se repiten de un modo tan frecuente que terminan por convertirse en predecibles.

No obstante estas observaciones, la novela constituye un texto que cautiva. Quizá el estilo trotamundos que lleva Hans, el protagonista de la historia, es lo que le da a esta narración el equilibrio justo para que no se pierda en los retablos teóricos que se entretejen a lo largo de la trama.

Sin duda alguna, hay mucho que aprender de “El viajero del siglo”. Hans recorre el mundo, de ciudad en ciudad, de pueblo en pueblo, pero al final sabe detenerse, aun cuando él mismo no lo quiere hacer. En mi opinión, ese es el valor de esta historia.

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